Educación financiera ¿Por qué no empezar antes?

por Mario Alberto Acosta Ramos/Estudiante de contaduría pública/Escuela Bancaria y Comercial Campus Reforma/marioramos_acosta05@hotmail.com

¿En serio tengo que trabajar mientras estudio? ¿Por qué mis papás no pueden mantenerme de por vida? ¿Y si el dinero que gano no me alcanza? ¿Es normal que cuanto más gano, más gasto? ¿Existe alguna guía para controlar mis finanzas?

Las preguntas anteriores cruzan a diario por la mente de cualquier universitario. Y es que cuando todas estas dudas comienzan a surgir se forma dentro de nosotros un cierto rencor al preguntarnos: ¿por qué, al ingresar a la universidad, en lugar de tener una ceremonia de bienvenida, no nos advierten de todas estas amenazas? Pero así es, hasta hoy algunos seguimos con la incógnita de si la administración de nuestros ingresos y gastos es de vital importancia para nuestro futuro.

¿Por qué no existe una materia dedicada a ello? Una asignatura que nos permita entender un poco más del tema, o donde simplemente nos ahorren el mal sabor de boca de descubrirlo por nosotros mismos cuando gastamos nuestros primeros cinco sueldos en cosas que no necesitamos, y eso si bien nos va, porque pueden pasar años sin que nos demos cuenta. En fin, podríamos dedicar horas para buscar las razones de ese problema y no llegaríamos a ningún lado, o por lo menos a nada que nos ayude en este momento. Por eso, en este artículo, te ayudaremos a revolver estas incógnitas, te daremos algunos tips y consejos y, además, te compartiremos algunas experiencias que te evitarán algunos tropiezos en tu aprendizaje acerca de finanzas personales. Sin más preámbulo, ¡comencemos!

A cuántos de nosotros nos pasó que apenas y nos pagaron los sueldos del primer trabajo para cubrir el transporte del mes y una que otra comida o salida al cine, nuestros padres nos preguntaran: “¿Y cuánto llevas ahorrado?” Sientes que simplemente se están burlando de ti, pero lo que te pagan no tiene nada que ver con la responsabilidad de tu bancarrota; en realidad, lo que define nuestro nivel de riqueza es la cultura y educación que tengamos acerca del dinero. Sin duda, a pesar de no ser una materia del plan de estudios, todos deberíamos estudiar estos temas, como si nuestra vida dependiera de lo que aprendamos acerca de finanzas personales.

Primero, es importante invertir un par de horas para preguntarnos: a lo largo de mi vida, ¿cómo ha sido mi educación en cuanto al dinero? ¿Qué les he aprendido a mis padres acerca de este tema? ¿Cómo es la administración del dinero en casa? ¿Es causa de conflicto o alegría en el hogar? ¿Por qué pensar en esto? Muy simple, así como en un futuro no muy lejano, nosotros seremos los responsables de nuestros hijos, de nuestra casa, de nuestro auto, también seremos responsables de cómo administramos nuestro dinero y, aunque en algún momento de nuestras vidas hayamos escuchado el famoso dicho “El dinero no es todo en la vida”, sí es uno de los factores más importantes para tener la vida que tanto buscamos y anhelamos. Por lo tanto, si durante nuestra infancia y adolescencia, el dinero representó algún problema, podemos crecer con la idea de que este es malo y una de dos: o vamos por la vida comprando y gastando todo lo que no tuvimos en el pasado o simplemente te niegas a recibirlo o a obtener más del que podrías.

Retomando el tema de nuestro primer sueldo: reitero, el problema no es realmente el monto de nuestros ingresos, sino cómo los utilizamos. ¿Cuántos de nosotros no guardaban todo su dinero para comprar el CD del artista de moda, el boleto para el concierto, la playera de tu equipo favorito o para invitar a tu novia(o) al mejor restaurante de la ciudad? Pero, ¿cuándo intentaste juntar alguna cantidad, ya no digo siquiera para invertir, simplemente para ahorrar? ¿Cuándo fue la última vez que depositaste una moneda en tu alcancía? ¿Días, semanas, meses, años? Y es que si bien lo dijo uno de los hombres más ricos del mundo: “Tú no eres responsable si naces pobre, pero sí eres responsable si mueres de la misma forma”, es curioso el hecho de que guardemos y gastemos en bienes que satisfacen alguna de nuestras necesidades –en su mayoría no realmente necesarias–, pero no podamos hacer lo mismo para generar más dinero.

Es común que cuando escuchamos la palabra invertir se nos venga a la mente la Bolsa Mexicana de Valores, donde corredores de bolsa están peleándose y arrebatándose las acciones de las compañías, analizando miles de gráficas bastante complicadas y desarrollando algoritmos que no podrías hacer con una simple calculadora. Pero créanme, invertir es muchísimo más sencillo de lo que parece, definitivamente cualquier persona que sepa sumar, restar, dividir y multiplicar puede ser un gran inversionista. Es solo que, como lo mencioné anteriormente, hemos crecido con una idea equivocada acerca del tema.

Todos podemos invertir para que nuestro dinero sea un boomerang en nuestra cuenta bancaria, con la ventaja de que cuando el boomerang venga de regreso será más grande que cuando fue lanzado. Algo definitivamente cierto es que toda inversión lleva implícito un riesgo, pero me pregunto: hoy en día, ¿qué cosa en la vida no representa algún riesgo? Simplemente dedicar tiempo para aprender acerca de estos temas, nos ayudará a tener el control sobre esos riesgos, y ser nosotros quienes decidamos hasta cuánto y cuándo los podemos tomar y en qué grado los podemos enfrentar.

¿Aún no estás convencido(a)? Muy bien, te voy a poner un ejemplo: recuerdas aquella época cuando tenías 14 años y tu papá te daba tu mesada, la cual supongamos era de $20. Si en ese entonces hubieras tenido una noción acerca de estos temas, pudiste haber optado por gastar $10 e invertir los otros $10 cuando tu papá te propuso que cada año, por cada peso que ahorraras, él te daría otro más. Contando que el año tiene 52 semanas y siguiendo una disciplina, en un año ahorrarías $1,520, más el rendimiento que tu papá te ofreció, sumarías $3,040. A los 18 años, cuando regularmente tu padre deja de darte mesada, tendrías $12,160, más del mínimo que solicita una casa de bolsa para la apertura de una cuenta, en la cual puedes participar en diferentes instrumentos de inversión como cetes, bonos, papel comercial, pagarés o, incluso, en algunas casas de bolsa puedes participar en el mercado accionario, lo cual reemplazaría el trabajo de tu padre en cuanto a darte un rendimiento en un cierto periodo de tiempo.

¿Lo ves?  Te das cuenta cómo, con tan solo $10, a tus 18 años pudiste haber tenido más de lo que seguro tienes hoy en día, ya con un trabajo, horas extras y trabajos los fines de semana. Y esto no es porque nuestros papás nos den poco dinero, es porque no contamos con los hábitos correctos para lograrlo. Tranquilo(a), no quiero decir que si tienes más de 18 años ya se te pasó el tiempo de ahorrar. Todo lo contrario, cualquier momento es perfecto para empezar.

Es más, terminando de leer este artículo, busca entre tus curiosidades una agenda donde puedas llevar el registro de tus ingresos y gastos. Después identifica, evalúa y analiza qué gastos son realmente indispensables en tu vida y elimina los que no lo son. Enseguida, define un porcentaje de tus ingresos para el ahorro. Puedes comenzar con 10% (no establezcas porcentajes que en un futuro no puedas cubrir). No está mal empezar por algo pequeño, como ya lo dije, el secreto es empezar. También debes saber que ahorro no significa tener el dinero debajo del colchón ni dentro de tu alcancía, ni estancado en tu cuenta bancaria, esto porque existe un enemigo llamado inflación, que disminuye el valor del dinero con el paso del tiempo, lo cual a su vez reduce tu poder adquisitivo. Por eso es importante “invertir”.

¿Cómo hacerlo? Muy sencillo, primero identifica cuál es tu tolerancia al riesgo. ¿Estás dispuesto(a) a perder si tienes la oportunidad de ganar? O prefieres que simplemente el tiempo no consuma tu dinero. Después investiga cuáles son las opciones, de acuerdo con tu tolerancia; compara los rendimientos que te ofrece cada una, lee los requisitos y empieza. Sí, es cierto que no es sencillo, pero créeme que tampoco es imposible. Únicamente allégate de los siguientes hábitos: disciplina, responsabilidad y esfuerzo.

Recuerda que el trabajo que realices hoy determinará el éxito de tu mañana. Una vez que hayas hecho lo anterior, trata de asignar el porcentaje restante para tus caprichos y diversiones, esto como recompensa a tu trabajo por la administración de tus finanzas. No todo es sacrificio, solo es cuestión de asignarle un grado de importancia a cada situación de nuestra vida y valorar el costo-beneficio. Sigue estos consejos y, seguramente, lo único que pensarás cuando veas tus resultados será… “¿por qué no empecé antes?”

Artículo escrito por:

- quien ha escrito 877 artículos en la Revista Contaduría Pública : IMCP.


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