Mundo de canicas

Lic. Jorge E. Martínez Vargas
Socio Director
Martínez Vargas y Asociados, S.C.
martinezvargasycia@terra.com.mx

Casi todos sabemos jugar canicas, sobre todo los que exploramos las negras praderas de asfalto de las vías públicas para jugar, más bien juegos físicos que sedentarios. Sin embargo, debemos reconocer que hay varias generaciones posteriores que no las conocen porque son de Tamagotchi, PlayStation™ y demás juegos de video. Para quienes las tuvimos, eran una riqueza muy especial. Por eso es el símil con este trabajo de riqueza natural, en donde imperó lo sencillo sobre la lógica

Las canicas en el mundo, tienen un número determinado: son de colores, diseños y tamaños variados; son muchas y con número finito, ya que hay límite de ellas. Si consideramos que son ricos aquellos que tienen el mayor número de canicas, entonces entendemos por qué quienes tienen unas cuantas o ninguna, reflejan su capacidad en muchas ocasiones para paliar, complicar o resolver su situación económica. Sin embargo, ¿qué puedo hacer para tener canicas? La solución es muy simple: en nuestra vida parece que llevamos, cuesta arriba, esas esferas de vidrio de variadas formas, tamaños y diseños; el objetivo de ese juego vivencial es que no se salgan del destino que tenemos para ellas, sea una bolsa (banco), debajo del colchón, adquirir bienes o servicios, etcétera. Si bien sabemos que algunas de esas canicas las tenemos que ceder, no solo por voluntad, ley o necesidad, sino cuando pagamos con ellas, cuando contribuimos al Estado -ese ser sin rostro que es el responsable de instituir y mantener las instituciones públicas, aunque cada quien tiene su propia percepción del grado de cumplimiento de esta obligación del Estado-, y cuando compramos productos porque somos trabajadores, empresarios, etcétera.
La mayor riqueza económica sería para quien logra recaudar el mayor número de canicas, pero cede otras por las causas citadas. Con muestro trabajo, cualquiera que desarrollemos, el juego de la vida se centra en reunir el mayor número de canicas y utilizarlas para pagar y perder el menor número de canicas. Pero existe un problema: a cambio de qué estoy ahorrando más canicas, estoy o no perjudicando a alguien: al Estado, ente supremo que rige a la sociedad, a mi empresa, a nuestros trabajadores, etcétera.
Nuestro país tiene una gran riqueza. Históricamente se le equiparó al cuerno de la abundancia, aunque ahora es al revés: tenemos abundancia de puro cuerno. Sin embargo, seguimos teniendo una riqueza fundamental; por ejemplo, el trabajador mexicano, temido en el extranjero porque no hay límites para él, sobre todo con los vecinos del norte, quienes los quieren convertir a su forma, limitándoles su creatividad. En eso seguimos siendo muy ricos y aunque las canicas no están en los bolsillos sí están en la cabeza y manos de esos talentos por descubrirse o reconocerse, cuya única limitación, como dice mi amigo, el Dr. José Luís Mesa: “No es no puedo, es no quiero”. El ejemplo lo tenemos con esos profesionistas que ocupan otras actividades laborales por necesidad o falta de vocación. ¿A qué me refiero? Muy simple: por necesidad me voy a lo fácil, mi cuate o mi familia tiene un taxi y me dedico a él. Eso no es deshonroso, lo que es deshonroso es tirar por la ventana de ese taxi los años de estudio y despreciar un contrato laboral mal pagado (¿a juicio de quién?) y al cobijo del sentimiento de: “No lo aceptes, tú de director p’arriba”. Mi pregunta es: ¿qué sabes hacer si nunca has tenido contacto con el mundo laboral?
A veces es muy difícil que el dueño de las canicas las comparta, pues argumenta muchas razones; por ejemplo: “me costó mucho trabajo obtenerlas”; “otros no las merecen, pues no rinden lo suficiente”; “que les cueste para que valoren”; “son ignorantes”; “sus canicas son mal habidas”; “son recién egresados”; etcétera.
Cuántos han nacido con canicas y cuántos han tenido que hacerse de ellas, pacientemente, esperando; no hurtarlas, ganarlas con paciencia, destreza y, sobre todo, honradez. Es importante considerarlo porque en la actualidad estimamos que más de tres generaciones se pierden en la ociosidad de su casa y de la educación, dejando que la inercia de su posición social o familiar los instale en el lugar privilegiado para allegarse de las canicas necesarias para vivir, subsistir o derrochar, sin compartir ni ser responsables de sostener a un Estado que nos brinde o no los servicios y resultados esperados. Pero esto, en la mayoría de los casos se debe a la falta de valor para hacer exigibles esos derechos.
Nos debe irritar y ofender el término “Ni-Ni”, ya que es producto de la falta de escrúpulos para contribuir al desarrollo de los jóvenes y sus padres, pues: No hay una ley que obligue a los jóvenes a buscar canicas fuera de casa y relacionadas con su vocación. Sin embargo, el abuso de expedición de leyes para todo, en lugar de fomentar los valores y los principios morales y éticos de los individuos, en la actualidad parece que las leyes son instrumentos para hacer sentir nuestra fuerza y no la razón; por ello, mientras más normas se expidan sin un sustento moral, práctico y ético, estas seguirán fracasando, y las estadísticas de nuestros legisladores, tan abrumadoras en su producción, son apabulladas por su inaplicación.
En este mundo de las canicas, cada vez más se percibe la “desenvolucion”, es decir, la evolución malosa. Antes del problema de la obesidad, las golosinas eran frutas callejeras con chile, en las escuelas había cosas más sanas. Pero llega la gordura en bolsas selladas y con regalos de toda clase, y quienes pueden adquirirlas son solo los niños con canicas; esto, además de fomentar el sedentarismo -y no porque cada vez haya menos áreas verdes- entre los niños y jóvenes, estos tienen la facilidad de obtener “juguetes” que sin moverse les permiten, según ellos, divertirse; al fin ya lo dice el dicho: “Al cuerpo lo que pida y que tome la forma que quiera”. Y ¿dónde están las canicas?
Bueno, las canicas se quedan en la dependencia de los padres y mayores, puesto que hay quienes históricamente con tal de no batallar con los descendientes, mejor les dan sus canicas para apaciguar a esos “guerrilleros familiares” o les compran juegos para que cómodamente desde la seguridad de casa se diviertan y perviertan hasta las horas seguras del refugio hogareño.
¿Cuándo les enseñaré a los descendientes cómo se obtiene una canica?, ¿cuánto cuesta? y ¿cómo se obtiene dignamente? La respuesta está en el viento, pues no es lo mismo “El sermón de la montaña” que la montaña de sermones que podamos hacer. Lo importante es, a nuestro juicio, enfrentar a todas las edades y sin robar inocencias el valor primordial de la “actividad personal” para allegarse de canicas, el agua fría y la caliente no se distinguen si no son tocadas.
Suena duro. Claro que lo es, pero es más dura la vida del ignorante que del incompetente, pues el primero no sabe lo que tiene y el segundo tiene lo que sabe. Creo que solo el que valora el esfuerzo de obtener las canicas del mundo en sus variadas formas, tamaños, colores o diseños, es capaz de entender cómo distribuir las canicas entre sus colaboradores, empleados y socios, para pagar bienes o servicios; para cumplir con sus contribuciones, ya que se pierde de vista la importancia de las labores de los demás en aras de pagar lo menos por esos esfuerzos; tampoco se trata de caridad, pues debe haber una valoración objetiva de nuestros pagos con canicas para sacar adelante nuestros objetivos personales y una vez cumplido, debemos ayudar a los demás a cumplir el suyo, pues la gente sabrá valorar ese esfuerzo.
Por hambre se pueden hacer muchas acciones para obtener canicas, sin embargo, por qué esperar a tener hambre para intentar cualquier actividad; debemos prevenir esa hambre fomentando en las personas desde su más temprana edad el respeto que merece para obtener y gastar sus canicas. La vida la asemejamos a la rueda de la fortuna, en donde hay quienes ocupan los lugares y alturas de la misma, pero hay quienes están esperando a que les caigan las canicas, ver a quiénes se les olvidan o a quien se las pueden quitar. Los que están arriba, en la rueda de la fortuna, quieren tener seguro su lugar pero a veces tratan de saltar al de más arriba, gastando en apariencia pero no se preocupan de obtener más canicas; cuando alguien tiene o recibe más canicas es porque otro, en alguna parte del mundo, las deja ir, las paga o las está perdiendo.
En las relaciones laborales encontramos un sinnúmero de cuestionamientos de patrones y trabajadores, lo cual enerva los ánimos de forma infundada, ya que las decisiones no se toman con el cerebro, sino con el hígado o el corazón y eso implica una discriminación sentimental de nuestros jefes o de nuestros colaboradores que, tarde o temprano, rendirá un fruto, que no es el más agradable para todos; todo ello repercute en las canicas a erogar y a percibir, creando fantasmas de nuestros miedos, ignorancia o malas interpretaciones, pues muchas veces al Estado le ponen estrellitas, de más o de menos, en forma gratuita y, de igual forma, con el corazón o con el hígado y no con el cerebro. Lo que hacen, es considerarlo la fuente principal de convencimiento criticando sus actos para justificar darle menos.
A las demás personas las hacen cómplices y no colaboradores. También se puede aplicar el principio de que “el que paga manda”, pues hay que volvernos coadyuvantes del Estado para comprobar el cumplimiento de sus verdaderas y correctas obligaciones.
Los invito al mundo de las canicas y a quienes les rodean también, para fomentar una nueva cultura de la verdadera redistribución de la riqueza por méritos y logros, no por caprichos, ocurrencias, modas o discriminaciones.

Artículo escrito por:

- quien ha escrito 951 artículos en la Revista Contaduría Pública : IMCP.


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