Ética en los negocios. Misión para el bien común

Dra. Rebeca Rodríguez Minor
Profesora-Investigadora de la Universidad Anáhuac del Mayab
rebeca.rodriguez@anahuac.mx

Podemos hacer una distinción entre aquellos seres humanos que se comportan con bases fundamentalmente “éticas” y aquellos otros que consideran a la ética como un factor de conveniencia. Dependiendo de la circunstancia, será el tipo de ética a aplicar. En este sentido, surge la pregunta: ¿cuáles son aquellos parámetros que definen el comportamiento humano?

La ética se compone de varios factores que se interrelacionan entre sí. La razón, por principio, se basa en el afecto y el espíritu. El afecto es todo aquello que nos conforma como individuos, con base en los valores y la pasión que hemos adquirido en nuestra experiencia de vida. Por espíritu entendemos todo lo que se refiere a la contemplación y la consciencia, que ayudan a la conformación de nuestros valores también.
Para que todas estas bases de la ética puedan funcionar en balance, es necesario equilibrar las fuerzas entre la razón y la pasión. Si el individuo basa su comportamiento existencial puramente en la razón, es posible para él caer en la tiranía, la rigidez o la aplicación específica de la ética utilitaria, en la que, como su nombre lo dice, la alternativa que produce la mayor suma total de utilidad debe elegirse como la acción éticamente apropiada; aun cuando esta conlleve un sacrificio o costo social. Se trata de maximizar la eficiencia a costa de lo que sea, pues las tomas de decisiones se centran en el balance costo-beneficio.
Si el individuo basa su estructura de vida o comportamiento diario meramente en la pasión, predominará la impulsividad, el puro disfrute de las cosas; o lo que es lo mismo, la ética hedonista, en donde la felicidad se basa en el placer.
El equilibrio ético se logra cuando el individuo es capaz de combinar equilibradamente la razón con la pasión; pues la primera ayuda a clarificar, ordenar y disciplinar a la segunda. Cuando la razón y la pasión encuentran la justa media, es posible para el individuo alcanzar un autodesarrollo ordenado, que lo lleva más allá del comportamiento ético, hacia la virtud.
Por desgracia, el sistema económico que hoy nos domina se centra en gran medida en el utilitarismo, pero también en la ética capitalista, misma que no busca el bien común, sino por el contrario, justifica y alaba el beneficio individual. Se trata de conseguir la mayor acumulación individual, con la menor inversión y en el menor tiempo posible.
En el sector de los negocios, la Contaduría o la Administración Financiera, por ejemplo se prestan en gran medida para llevar a cabo acciones poco fundamentadas en el equilibrio entre la razón y la pasión. Por lo general, la consciencia mercantil se basa en la razón. Así, la lógica dominante de la economía de mercado, es la competencia, donde los niveles de éxito se miden por el poder, la ambición, la acumulación, las exclusiones, la relación dominante-subordinado y la autodestrucción.
En este mismo patrón de comportamiento, encontramos incongruencias y diversidad de éticas en un mismo individuo. Por un lado, podemos aplicar solo la razón para justificar acciones meramente capitalistas en el desempeño profesional cotidiano –porque el sistema económico así lo permite– y por otro lado, podemos volver a casa y practicar la ética “equilibrada” entre la razón y la pasión con nuestras familias, tratando de inculcar un modelo de vida basado en el afecto, la espiritualidad y la consciencia. Así, nos encontramos con estilos de vida donde convenientemente manejamos éticas diversas y fragmentadas, incongruentes entre sí, dependiendo del ambiente o escenario en el que nos encontremos.
La diversidad de éticas tiene que ver con la diversidad de perspectivas también. El mundo de los negocios y en particular las empresas, quienes laboran en ellas y sus clientes, frecuentemente se afrontan a la siguiente pregunta: ¿quién determina la moralidad dentro de una corporación: la misma organización o cada individuo?
En la perspectiva empresarial, con frecuencia se defiende la idea de que las corporaciones deben obedecer ciegamente sus reglas internas, que nada tienen que ver con la moralidad. Así, resulta más sencillo justificar las acciones empresariales, basadas en el individualismo y la acumulación insaciable.
El bienestar empresarial es la prioridad absoluta, aun cuando este implique la afectación directa al bienestar del ser humano. Los recortes de personal masivos, la explotación laboral o los salarios precarios para mantener precios competitivos, son prácticas ya muy comunes a las que nos hemos acostumbrado y aceptado.
En una perspectiva objetiva, sustentada en las bases éticas, debiera asumirse de manera general que, debido a que las acciones corporativas se originan en las acciones de los individuos, son estos los portadores de las obligaciones y, por ende, tienen la responsabilidad moral ante cualquier acción emprendida por la empresa. Las personas entonces, son responsables de lo que hace la corporación (Velázquez; 2006). Cabe entonces preguntarse: ¿qué tan justa y equitativa es la acumulación y distribución de la riqueza que el individuo genera en el escenario corporativo?
Podríamos decir que los principios éticos de justicia y equidad, sobrepasan tanto a la ética capitalista como a la utilitarista; bajo el siguiente argumento: mayores beneficios para unos, no justifican injusticias para otros.
Sin embargo, el capitalismo tiene su propia perspectiva para entender la justicia; defendiendo esta postura: “Todo” dentro de una sociedad debe asignarse de acuerdo con la contribución que cada uno aporta.
El esfuerzo propio entonces, justifica la acumulación, aun cuando existan sectores sociales desprovistos de tales ventajas o beneficios.
Contrario a esta postura, el socialismo define a la justicia bajo el argumento: “Todo” debe distribuirse de acuerdo a las habilidades y los beneficios van de acuerdo a las necesidades.
Esto quiere decir que cada individuo tiene su papel en la sociedad y que, por ende, sus habilidades y los beneficios obtenidos de las mismas, serán distribuidos socialmente con base en las necesidades de la misma.
Finalmente, el igualitarismo sostiene que: Política, económica y socialmente “todo” debe distribuirse por igual; no con base en la contribución que uno aporta o bajo las necesidades sociales.
¿Es posible entonces lograr una ética de los negocios igualitaria, que tenga como misión el bien común y no el bienestar individual? Tal pareciera que la realidad imperante no nos deja margen de maniobra. El capitalismo y, por ende, el mundo de los negocios que se desenvuelve en él han logrado imponerse sobre otras tendencias ideológicas precisamente gracias a que los estándares y prácticas de acumulación se centran en el bienestar individual. Sin embargo, no todo está perdido.
Hoy en día, ante las constantes crisis financieras, las bancarrotas empresariales y la precariedad laboral que ha generado el capitalismo liberal exacerbado, han surgido sistemas de acumulación y distribución de la riqueza, más apegados a las premisas de la justicia igualitaria. Tal es el caso de aquellas economías avanzadas, como en los países nórdicos europeos, donde los gobiernos impulsan sistemas económicos internos mixtos.
Una combinación de políticas económicas capitalistas con programas sociales de corte socialista que permiten impulsar esquemas de distribución del ingreso más equilibrado, mejorando la calidad de vida en sus sociedades. El acceso a la educación, la salud, la cultura y la vivienda se logran bajo la canalización efectiva de los ingresos capitalistas hacia el bienestar social común.
Algunos gobiernos lo llaman “social-democracia”, otros analistas lo identifican como la “tercera vía” y recientemente también se le ha dado a conocer como “capitalismo compasivo” (Ramonet; 2003); pero el punto es que se trata de un sistema que pretende hacer un balance entre lo positivo del bienestar individual capitalista y lo positivo del bienestar común socialista. Un balance entre la consciencia y el espíritu. Un balance entre la razón y la pasión.
Estas innovadoras tendencias mixtas que han surgido con éxito, son en sí alternativas palpables de la transformación que podemos lograr, reformando poco a poco el sistema. Queda en manos de los gobiernos la responsabilidad de actuar en pro del bienestar común, en la aplicación de sus políticas internas. Queda en manos de la sociedad, demandar los derechos universales igualitarios que como individuos merecen. Está en manos de la empresa, actuar con responsabilidad social al momento de impulsar sus estrategias de competitividad mercantil.

Referencias
Boff, L. (2004), Ética y Moral, Edit. Sal Térrea, España.
Ramonet, I. (2003), Globalización, Ética y Empresa, en Cortina, A., Construir Confianza, Edit. Trotta, Madrid.
Velásquez, M. (2012), Ética en los Negocios, Edit. Pearson, México.

Artículo escrito por:

- quien ha escrito 951 artículos en la Revista Contaduría Pública : IMCP.


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