De homo-sylvestris a homo-sapiens. La ontogénesis del Contador

Dr. Juan Álvarez Villagómez/Catedrático de la FCA UNAM/Socio del despacho de abogados Álvarez-Álvarez/juan@alvarez-alvarez.com

La ontogénesis es un concepto usado en biología que se refiere a los procesos que sufren los seres vivos desde la fecundación hasta su plenitud y madurez

Sobre esto pretendo disertar, sobre el proceso que sigue un individuo que se encuentra en formación, una persona que para su desarrollo y crecimiento sigue un programa definido. Es el paso del homo-sylvestris al homo-sapiens. Me refiero al camino que se sigue para pasar de lo silvestre, de lo salvaje, a la sabiduría, al llamado hombre sabio, al que sabe lo que hace porque lo piensa.

Me permitiré hablar sobre la evolución del Contador, como persona, como individuo, no me referiré a la evolución de la profesión, sino a la del individuo que se interrelaciona en esa profesión, que llega al aula universitaria sin conocer a detalle lo que la profesión le ofrece y le demanda, pero que se enrola en un proceso que lo verá nacer, crecer y desarrollarse en la comunidad que ejerce la Contaduría.

Utilizo el término evolución en su acepción más pura, la que se aplica en biología para decir que las especies cambian por el paso del tiempo, no es otra cosa que un cambio regular y ordenado que se relaciona con el desarrollo de los organismos, puesto que debemos aceptar que un individuo cambia a lo largo de su vida. Esto se le conoce también como ontogénesis, de: onto individuo y genesis, formación. Así, uso la expresión “ontogénesis del Contador” para referirme a la transformación lenta, sucesiva y gradual de un estudiante que sigue un plan definido para evolucionar de lo salvaje a lo sabio, el seguimiento desde su fecundación hasta su plenitud y madurez.

Como las especies, ni el conocimiento ni la disciplina contable son fijas o inmutables, por el contrario, debemos reconocer que están en continua transformación, pero en ocasiones pareciera que esta afirmación requiere tiempo para aceptarla y para conocer los efectos que produce. El simple correr del tiempo transforma la profesión, nuevos retos, nuevos obstáculos, nuevas formar de hacer contabilidad y de informar a la sociedad sobre el estado que guarda una entidad. Aunque debo clarificar que eso que transforma a una sociedad y/o a una disciplina no es simple paso del tiempo o el simple tiempo, sino el “tiempo profundo” a que se refiere Georges Buffon en su obra Historia Natural, ese tiempo que es el obrero de la naturaleza como él lo nombra. Obrero porque trabaja en la transformación del individuo, de las ciencias, de las cosas y de los pensamientos.

En esta concepción, el tiempo no sólo transcurre sino que se convierte en un actor importante y activamente participativo y comprometido. No dejemos correr el tiempo esperando que así avanzará la profesión, que así evolucionará el Contador, que por el sólo hecho de iniciar un nuevo año el conocimiento y nuestra disciplina se fortalecerán, como cuando alguien pide un deseo a ojos cerrados y espera verlos cumplidos al abrirlos. Más bien, invito a que hagamos que ese tiempo sea actor y partícipe. Aprovechemos bien el tiempo, hagámoslo herramienta para nuestras necesidades. También pienso en el transformismo de Lamarck, un término que se explica como la tendencia a perfeccionarse. Esto es así en biología, en la cual se sostiene que un sistema con el paso del tiempo evoluciona para adaptarse de mejor forma a su nuevo ambiente, se perfecciona.

Esto quizá no sucede siempre en las ciencias administrativas, las cuales tienden a la degradación más que a su perfeccionamiento, pero no debemos ser pesimistas, por el contrario, mejor pensar que los nuevos Contadores y/o los Contadores renovados llegan para beneficio de nuestra profesión, para aportar ciencia, procesos y eticidad. Es decir, si nos reducimos a aceptar la afirmación de que el hombre es malo por naturaleza y si se deja a su libre albedrío, escogerá siempre el mal, estaremos cavando la tumba para una profesión fresca que espera con los brazos abiertos a los nuevos pensadores, a los filósofos contables que todavía no saben que lo son, pero que ya están formándose en el aula, en el ejercicio práctico profesional, en los tribunales, en todo lugar donde se demanda conocer la posición financiera de un negocio o de una entidad no lucrativa.

Permítanme entonces proponer el “transformismo del Contador”, el que evoluciona para adaptarse de mejor forma a su nuevo ambiente, con la tendencia siempre a perfeccionarse.

Pero me he referido en repetidas ocasiones al individuo en formación que se desarrolla y crece siguiendo un programa, por lo que supone que es conveniente recordar que el paso del tiempo perfecciona al hombre y a su conocimiento o lo degrada hasta convertirlo en homo-sylvestris. Sin una formación organizada, planeada y planificada, lo que haremos con nuestro staff y/o con nuestros alumnos será reducirlos a profesionales que buscan la salida fácil a los problemas contables y fiscales que se le presenten, ausentes de posicionamientos propios, con nula orientación hacia el pensamiento crítico.

¿Cómo ha logrado la profesión adaptarse para servir de mejor forma en un entorno y en otro? Puesto que la vida y la evolución son indisociables, como lo afirma Pascal Piqc, no podemos pensar en el paso del tiempo sin evolución, sin transformación del ser. “No hay un genio aislado en la sociedad de los sabios” (Picq). Así funciona la comunidad científica. El Contador debe comunicarse, participar colectivamente, no sólo leer revistas, comprender y aplicar en su oficina en solitario, aislado, sino discutir sus hallazgos, presentar sus dudas y aportar a otros de esa misma forma. Ayudar a vivir a otros, como lo señala Mario Bunge.

La evolución es el aumento o la disminución del número de los diferentes genes de una población entre una generación y otra. El genotipo no cambia en el transcurso de nuestra vida, lo que cambia es nuestro cuerpo, nuestra apariencia, lo que se conoce como el fenotipo. ¿Lograremos nuevos genes para esta generación o continuaremos comportándonos y pensando de la misma forma que nuestros ancestros? ¿Un transformismo? ¿Una evolución completa? ¿Podremos modificar nuestra esencia (genotipo) o este cambio será sólo de apariencia (fenotipo)?

El Contador no debe tener fobosofia, no tendría por qué tener miedo y odio al saber, sino amar la sabiduría, meditar sobre lo que se hace y poner a prueba sus conocimientos al enfrentar problemas complejos. Hipócrates, hace más de dos mil años, señaló que el médico debería resaltar cuatro cualidades fundamentales: conocimiento, sabiduría, humanidad y probidad. Bien podríamos decir que esto es aplicable a nuestra profesión porque el Contador vela por la salud de las empresas o de las personas que se acercan a él para pedir consejo o ayuda, pero sin interponerse en sus derechos. La sugerencia es del Contador; la decisión, del empresario.

En la actualidad, al Contador no le basta sólo dominar el arte de su práctica, tiene al mismo tiempo la conciencia de que su labor se enmarca en una sociedad atribulada por el Estado, puesto que el cumplimiento fiscal se presenta como obligatorio casi al grado del terrorismo, pero a la vez, es abiertamente conocido el dispendio de las arcas públicas que llevan a los ciudadanos a revelarse contra las prácticas abusivas del fisco Federal, en la que muchas veces pareciera que el Contador está de acuerdo con la sumisión total de la norma.

Esto no siempre sucede con la función del abogado, con tintes más contenciosos que busca siempre llevar a los tribunales al contribuyente alegando inconstitucionalidad de las normas. El Contador no es así, es generalmente más noble, se ocupa en comprender la obligación, la cuantifica y sugiere su cumplimiento. Reflexión. Crítica. Más bajo aún: enseñemos a leer.

Pareciera que el mejor profesional no es aquél que es más erudito en su práctica, sino el que produce mayores beneficios económicos para la empresa (que siempre está en busca de la maximización de utilidades). Los empresarios piensan erróneamente que un buen Contador bajará la carga fiscal. Esto no siempre es así, pero inevitablemente puede conducir a la insatisfacción del cliente que recibe el servicio si esto no sucede.

El Contador evoluciona porque el entorno se lo exige, una sociedad informada demandará un profesional erudito en su práctica, pero una sociedad corrupta se mofará del Contador preocupado por el estricto y cabal cumplimiento, le pedirá que se “ajuste” a la realidad y que encuentre el número buscado. La incultura fiscal, la evasión o las estrategias tendientes a evadir la obligación tributaria no pueden ser atribuidas completamente a los Contadores, puesto que los contribuyentes toman sus propias decisiones.

Esto también debe someterse a discusión, el compromiso con la sociedad, no sólo con quien paga por sus servicios. Conocimiento, sabiduría, humanidad y probidad, ¿por qué no? También para nuestra profesión, puesto que igualmente somos curadores de males.

¿Cómo esperaríamos que fuere esa relación Contador-cliente? ¿Qué información disponible para los contribuyentes es fiable y qué de ella puede producir mayores obstáculos en el sano desarrollo de la entidad? Las formas de administrar una empresa, teorías sólidas antiguas contra las de mayor actualidad: ¿cuál es su opinión? Pregunta el cliente. ¿Qué responder si no se conocen? Nihil novum sub sole, es posible que esas prácticas ya tuvieran un desenlace en otras comunidades, en otros empresarios, en otras partes del mundo; pero si nos encontramos con un Contador parsimonioso, las respuestas podrán no ser las que espera el cliente asiduo de tener orientación sobre una decisión que requiere tomar.

¿Acudir al Tribunal Fiscal o allanarse? ¿Solicitar una segunda opinión o actuar de inmediato? ¿Compensar o solicitar la devolución? Preguntas cortas que demandan una respuesta con esa misma característica, pero provistas de enorme bagaje cultural que le asegure al empresario que no se trata de una respuesta improvisada, pues la salud empresarial repercute directamente en la calidad de vida de los dueños, de los empleados, de la sociedad. Menuda responsabilidad yace en nuestros hombros.

Resalto los conceptos que he utilizado a lo largo de este escrito, pues definen mi pensar, que tomando las palabras de Raimon Panikkar (que cualquier cosa tripartita es perfecta), sugiere anunciar lo que se dirá, luego hay que decirlo y finalmente repetir lo que se ha dicho. Así, las siguientes palabras resumen mi exposición: evolución, transformismo, cambio organizado, regular y ordenado, evitar el miedo al conocimiento, eticidad, pasar de lo silvestre a lo sabio, desarrollo, formación, tiempo profundo, filosofía-contable, modificación de esencia o de apariencia, cambio generacional, ayudar a vivir a otros, comunidad científica, proceso a la madurez y adaptación.

Continuando con la citación a Panikar, bien podría afirmar que sin diálogo el Contador Público se asfixia y la profesión se anquilosa, pierde movilidad, avance y progreso. Pero el diálogo que propongo no es sólo al interior de la Contaduría Pública, se requiere dialogar con las personas que miran los estados financieros, quienes deben hacer frente a la obligación fiscal, que tienen negocios a los que dedican sus esfuerzos y sobre los cuales han invertido todos sus recursos, para lo cual, se requiere empatía para comprender sus temores.

Este diálogo debe hacerse también con los eruditos, pensadores y sabios de otras profesiones, no sólo aquilatar la hermandad que tenemos con los juristas a quienes nos une el derecho fiscal, sino también con la biología, la teología y la sociología, por citar algunas, pues grandes teólogos han participado en el desarrollo de la Contaduría, como Fray Luca Bartolomeo de Paccioli (1494), a quien se le atribuye la partida doble, que no es otra cosa que la aplicación de la Tercera Ley que Newton expone en sus principios matemáticos de filosofía natural.

Clarifico que no estoy pensando en la multidisciplinariedad de las profesiones que supone tolerancia hacia el otro, la que sólo defiende la coexistencia de las disciplinas sin convivencia, sino el multiculturalismo de nuestra disciplina y el trabajo intercultural. Las barreras para un verdadero diálogo intercultural con otras disciplinas son: idioma, ideología, acción política, falta de identidad e ignorancia, pues un Contador seguro de sí, de su profesión y bien informado, podría dialogar con el economista, el filósofo, el físico o el químico sobre procesos de registro de transacciones y cumplimiento fiscal en su lengua local, sea en México o cualquier parte del mundo en donde estos males también los aquejen. Esos diálogos frontales y abiertos aportarían grandemente.

En Sobre el diálogo Intercultural de Panikkar, editado por López de la Osa, se presenta una pregunta que me permito adaptarla a esta publicación: ¿Cuántos tipos de Contadores existen? Sólo dos: el que es y el que no es. También en su presentación se refiere al mito: “Habría que cuestionar todo lo que envejece y pasa al mito”, esto es, lo que se dice que debe ser una cosa, aunque no lo sea o que dejó de ser así hace mucho tiempo. Repase esta afirmación (propia) que hago con base en la citada publicación:

El Contador debería dejar de llamarse Contador para librarse de esa horrible forma en que se ha concebido a lo largo de los años, pues hace mucho que dejó de ser lo que se asumía en el pasado que era.

El Contador también tiene mucho que aprender de la música, pues requiere un oído adiestrado para saber en qué momento entrar cuando la orquesta ya está sonando, subir el volumen cuando los otros instrumentos bajan su intensidad, un solo, un calderón. Pero debe estar muy afinado para no irradiar, muy bien preparado para no desentonar. Intensidad. Sensibilidad. ¡Ahora lo veo! Nuestra profesión también es un arte.

Artículo escrito por:

- quien ha escrito 958 artículos en la Revista Contaduría Pública : IMCP.


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