Bioética. Parte integral de la responsabilidad social empresarial

Dra. Beatriz Rivera Cruz
Catedrática auxiliar
Universidad de Puerto Rico
Recinto de Río Piedras

Dra. Silvia López Paláu
Catedrática asociada
Universidad de Puerto Rico
Recinto de Río Piedras
slopez@coqui.net

La industria de la salud es un conglomerado de empresas y organizaciones que promueven un fin social así como un fin económico. La sociedad de hoy aún ve a la industria de la salud como una actividad noble en comparación con otras actividades empresariales en las que confía menos. De esta manera, se mantiene una dicotomía que en realidad no existe porque todos los días los negocios que tienen algo que ver con asuntos de la salud deben tomar decisiones que impactan al ser humano, la empresa y la sociedad, y lo hacen bajo parámetros similares a los de la industria de la moda o las finanzas

Para lograr que las decisiones sean tomadas según principios éticos y con responsabilidad social es imperativo preparar a las nuevas generaciones. Las escuelas tienen la responsabilidad de preparar profesionales en la Contaduría y la Administración de negocios con un alto sentido ético y de responsabilidad social empresarial.

La formación ética en las escuelas de negocios
Los escándalos del mundo empresarial con los que se estrenó este siglo han traído una gran preocupación a las escuelas de negocios sobre la formación ética de sus egresados. Es importante proveer a los estudiantes de herramientas nuevas y relevantes que permitan afrontar los diversos y complejos conflictos éticos con los que se enfrentarán en su carrera profesional. La compleja y creciente industria de servicios de salud es un contexto muy importante para los estudiantes de empresas. Así como es necesario que los estudiantes adquieran conciencia de la responsabilidad social, su adiestramiento debe incluir lo que el razonamiento bioético puede aportar en el entendimiento y solución de muchos conflictos éticos en el ámbito de los negocios.
Entender esta orientación contribuirá a atemperar el currículo a la realidad histórica actual. El carácter multidisciplinario y funcional de la empresa requiere un nuevo enfoque en el diseño de programas de adiestramiento ético en las instituciones educativas, las empresas y las agencias gubernamentales.

Empresa, bioética y responsabilidad
El debate sobre el rol de los negocios en la sociedad ha tomado un mayor auge, cambiando la percepción tradicional de ver a las empresas como entes estrictamente económicos a ser vistas como organizaciones con obligaciones sociales. De igual forma, los desarrollos científicos y tecnológicos plantean nuevos conflictos éticos impensables para las generaciones del siglo pasado. Servicios que antes eran prestados a la ciudadanía amparados por el sentido de justicia social de los estados, hoy son prestados por organizaciones movidas por el lucro.
La ética empresarial ha dirigido sus esfuerzos a examinar los principios y la conducta de individuos y organizaciones empresariales. La responsabilidad social empresarial es un movimiento que cobró mucho interés en los noventa, se trata de un modelo de gestión empresarial que incorpora las dimensiones económica, social y ambiental en sus operaciones, actuando en beneficio de los diferentes grupos con los que se relaciona, así como del cuidado y preservación del entorno mediante el cumplimiento de sus obligaciones legales y éticas.
La bioética comenzó estudiando las implicaciones morales y sociales de las tecnologías que resultaban de los avances de las ciencias biológicas. Si bien, en un principio, los temas de interés de estas áreas del conocimiento parecían no tener mucha vinculación, los conflictos éticos de hoy (contaminación ambiental, pobreza, iniquidad, acceso a servicios médicos, etc.), parecen ser una invitación a su integración. De hecho, en muchas escuelas de negocios los temas de ética empresarial y de responsabilidad social empresarial ya son parte del currículo, no así la bioética, que sigue mayoritariamente en las escuelas de medicina.
Por un lado, la bioética pretende ofrecer un norte para el manejo de los conflictos éticos de las profesiones de la salud; por otro, la responsabilidad social pretende promover una conducta justa y socialmente deseable de las empresas, en particular aquéllas con fines de lucro. Pero hasta el momento, la bioética ha sido estudiada en forma aislada de la ética empresarial y la responsabilidad social. Esta realidad no considera que las decisiones de acceso a servicios de salud están directamente ligadas a las decisiones empresariales de aquellas organizaciones que producen estos servicios; es imprescindible prestar atención a ambos aspectos de la práctica empresarial. Todo esto plantea nuevos conflictos éticos de una complejidad nunca antes vista, los cuales requieren una reflexión interdisciplinaria para su posible solución.
Algunos autores han hecho el ejercicio teórico de demostrar la utilidad de los principios bioéticos en el análisis de situaciones empresariales (Wicks, 1995; Okada y otros, 2008; Fisher 2001), pero hasta el momento no se ha medido el razonamiento bioético ni su posible vinculación con la responsabilidad social empresarial. Otros han estudiado la percepción de los estudiantes y administradores sobre el vínculo entre la responsabilidad social empresarial y la efectividad de las empresas (Sleeper y otros, 2006; Singhapakdi y otros, 1996; Aupperle y otros, 1985), pero ninguno ha establecido un vínculo entre la responsabilidad social empresarial y el razonamiento bioético. La mayor parte de los estudios sobre responsabilidad social se han basado en el modelo propuesto por Carroll (1979), que establece que las empresas funcionan en cuatro dimensiones: la económica, la legal, la ética y la de libre discreción.

Los cuatro principios de la bioética
Los experimentos médicos realizados con prisioneros de los campos de concentración de la Alemania nazi y otras investigaciones con procedimientos poco o dudosamente éticos, como las prácticas del Hospital Judío de Enfermedades Crónicas (Brooklyn, 1963) o la Escuela de Willowbrook (Nueva York, 1963) y el Estudio de Sífilis de la Universidad de Tuskegee (1972) van creando la necesidad de regulación o, al menos, declaraciones a favor de las víctimas de estos experimentos. Las primeras declaraciones de bioética surgen de los esfuerzos para regular la investigación y la experimentación médica, tales como, el Código de Nuremberg (1947), la Declaración de Helsinki (1964) y el Informe Belmont (1979).
En 1979, los bioeticistas Beauchamp y Childress definieron los cuatro principios de la bioética en el libro Principles of Bioethical Ethics: autonomía, no maleficencia, beneficencia y justicia.
Se explica que el principio de autonomía tiene sus raíces en la moral liberal y la tradición política, en las cuales es importante la libertad y el derecho de elegir de los individuos. El autor argumenta que la autonomía es cuando la persona tiene un entendimiento adecuado que le permite gobernarse a si misma, libre de restricciones externas o limitaciones personales que se lo impidan, lo que le permite actuar de acuerdo al plan personal que elija. Por lo tanto, respetar la autonomía de las personas implica reconocer y valorar las capacidades y posturas de los individuos, incluyendo su derecho a tener sus propias opiniones, tomar sus propias decisiones y actuar de acuerdo con sus valores y creencias (Beauchamp, 2007).
Este principio supone que los individuos autónomos tienen derecho a tomar sus propias decisiones sin restricciones de otros, pero a su vez los otros están obligados a propiciar y facilitar el que los individuos tomen sus propias decisiones. En el ámbito médico, el consentimiento informado es la máxima expresión de este principio, constituyendo un derecho del paciente y un deber del médico.

Las empresas tienen el derecho de perseguir sus intereses, pero de igual forma están obligadas a respetar los derechos de aquellos grupos a los que puedan afectar con sus actividades»

El principio de no maleficencia se refiere a abstenerse de realizar acciones que puedan causar daño o perjudicar a otros. Este es un imperativo ético válido no sólo en el ámbito biomédico sino en el que se basan muchas reglas básicas de la moral común, como no matar, no causar dolor, no romper promesas, etc. (Beauchamp, 2007). En el ámbito de la salud, sin embargo, este principio debe encontrar una interpretación adecuada pues a veces las acciones médicas dañan para obtener un bien; entonces, sería apropiado decir que se trata de no perjudicar innecesariamente a otros.
La beneficencia es la obligación de actuar en beneficio de otros, promoviendo sus legítimos intereses y suprimiendo perjuicios. Este principio requiere que se maximicen los beneficios, se minimicen los posibles daños y se balanceen los beneficios contra los riesgos. Una de las motivaciones para separar la no maledicencia de la beneficencia es que estos principios pueden entrar en conflicto, requiriendo que se sopesen según la situación, pues no hay una forma mecánica de establecer su importancia (Beauchamp, 2007). El autor destaca que es difícil determinar qué se requiere o no se requiere para cumplir con el principio sin ponerlo en el contexto particular, pero sí existe la obligación de actuar en beneficio de otros.
El principio de la justicia destaca que se debe tratar a cada uno como corresponda, con la finalidad de disminuir las situaciones de desigualdad (ideológica, social, cultural, económica, etc.). El mismo puede dividirse en dos: un principio formal (tratar igual a los iguales y desigual a los desiguales) y un principio material (determinar las características relevantes para la distribución de los recursos y las cargas). Por ejemplo, en la investigación médica es importante determinar cómo distribuir justamente los riesgos y los beneficios, tratando de proteger a las poblaciones más vulnerables.
Beauchamp argumenta que este marco conceptual de cuatro principios provee una guía general para resolver los conflictos éticos que puedan surgir en el campo de la medicina, pero eso no implica que sean absolutos. Todos los principios generales tienen excepciones y tanto las conclusiones morales que de ellos se derivan (como los propios principios) siempre están sujetos a modificaciones y reformulaciones. Es mediante este proceso que los principios adquieren valor práctico. El criterio ético fundamental que regula esta disciplina es el respeto al ser humano y su dignidad.

Responsabilidad Social Empresarial
A pesar de que ha generado una extensa bibliografía en los círculos empresariales y académicos en los últimos años, la Responsabilidad Social Empresarial (RSE) sigue resultando confusa en términos y conceptos. Se ha convertido en una especie de sombrilla gigante en la que tienen cabida multiplicidad de estrategias, pero más allá de la cuestión terminológica y de las diversas teorizaciones que van asociadas a ella, todas las partes coinciden en que es un nuevo paradigma de comportamiento de las grandes corporaciones, resultado de una adaptación empresarial a los cambios sociales surgidos en el marco de la globalización económica.
Con esta nueva perspectiva, se pretende cambiar el esquema tradicional del negocio orientado exclusivamente a la maximización del valor de la empresa y dirigido únicamente a los accionistas (shareholders), por un modelo que toma en consideración a otras partes de la sociedad.
La visión centrada en los accionistas plantea que la función de las empresas es proporcionar bienes y servicios que lleven a la maximización de los beneficios a corto plazo y no reconoce ninguna responsabilidad social más allá de la obligación de maximizar el valor para el accionista (Friedman, 1970). En contraste, la teoría de los grupos de interés (stakeholders) plantea que las empresas no pueden ignorar el contexto en el que operan puesto, que están interconectadas a una red de relaciones con un gran número de individuos e instituciones denominadas grupos de interés o stakeholders (Freeman, 1984).
Freeman define a los stakeholders como cualquier grupo o individuo que puede afectar o ser afectado por las actividades de las empresas. Las investigaciones siguen identificando a aquellos individuos o entidades que deben ser considerados como grupos de interés (los cuales han ido en aumento) y examinando las relaciones entre ellos.
A finales de los años 70, Carroll definió la responsabilidad social corporativa como las expectativas económicas, legales, éticas y discrecionales que la sociedad tiene sobre la organización, lo que implícitamente recoge la responsabilidad de las empresas hacia diversos actores sociales, afín con la teoría de los grupos de interés. Las responsabilidades económicas se refieren a la obligación de las empresas de ser productivas y lucrativas para satisfacer las demandas de consumo de la sociedad; las obligaciones económicas destacan que las responsabilidades económicas tienen que cumplirse dentro del marco jurídico y legal vigente. Las responsabilidades éticas se refieren a aquellas normas y códigos no escritos que se deben acatar; la dimensión discrecional se refiere a aquellas obligaciones, particularmente filantrópicas, que las empresas asumen voluntariamente. Este modelo se enfoca en el tipo de relaciones que las empresas establecen, a diferencia de la teoría de los grupos de interés que se enfoca en identificar los grupos implicados.
No obstante, ambos marcos teóricos son afines para definir el rol de las empresas en la sociedad. Ambos reconocen la dimensión económica de las empresas y el interés de los accionistas, pero a diferencia de la ideología tradicional, argumentan que esa no es la única dimensión o función de las empresas: Carroll señala que las empresas adquieren, además, obligaciones legales, éticas y de libre discreción. Este argumento se consonó con la premisa de la teoría de los grupos de interés de que las empresas tienen que satisfacer las demandas de los diversos grupos con los que interacciona, reclamos que pueden ser de carácter legal, ético o social.
Relación entre la bioética y la responsabilidad social empresarial
Si bien los principios bioéticos están dirigidos a personas, también pueden ser aplicados a las empresas, teniendo en cuenta que éstas son personas organizadas en sistemas orgánicos y que, al igual que los humanos, son responsables por lo que hacen, dejan de hacer o dejan hacer. El reto es el mismo: lograr que las relaciones entre dos entes sean éticas.
En el ámbito de los negocios es necesario ampliar el concepto de autonomía a las organizaciones. Las empresas como entes jurídicos tienen el derecho de perseguir sus propios intereses, pero de igual forma están obligados a respetar los intereses de aquellos grupos a los que puedan afectar con sus actividades, sean personas naturales o entes jurídicos. Por ejemplo, en la relación de productor y consumidor, el primero debe proveer toda la información relevante para que el segundo tome una decisión informada respecto a comprar o no el producto (Fisher, 2001).
Argumentos similares podrían presentarse en los casos de las relaciones entre patronos y empleados, compradores y suplidores, y hasta en las relaciones con la competencia. No obstante, es importante notar que el ejercicio de la autonomía se hace en un contexto social, por lo que la autonomía de unos está restringida por la autonomía de los otros; es igualmente importante ejercer la autonomía propia y respetar la de los demás, así como propiciar el que los otros ejerzan la propia. Hay que destacar que la mayoría de las transacciones comerciales deben ser precisamente contratos entre entes autónomos en los que se supone que ambas partes persiguen sus propios intereses, respetando los ajenos.
El principio de no maleficencia aplica en el campo de la medicina porque en la relación médico-paciente hay una parte con la capacidad de infringir daño, aun cuando no sea intencional, y hay otra parte que sufre daño y tiene menos capacidad para defenderse de él. En las actividades médicas, normalmente, el posible daño está limitado a una persona y sus allegados, o en el peor de los casos a un grupo limitado de individuos, como es el caso de investigaciones de dudosa justificación ética.
En las actividades comerciales, una empresa tiene la capacidad potencial de causarle daños a miles de individuos simultáneamente. Los daños pueden ser desde económicos (como los grandes escándalos de principios de siglo) hasta mortales, ya sea por productos defectuosos, condiciones laborales inadecuadas o contaminación ambiental. Los daños podrían ser tan devastadores que podrían afectar a generaciones no nacidas como podría ser el caso de contaminación de cuerpos de agua o terrenos.
Teniendo las empresas la capacidad de causar daños tan diversos a tan distintos grupos, y siendo estos vulnerables a sufrirlos, resulta clara la obligación de las primeras a evitar estos daños. De hecho muchas de estas obligaciones hacia diversos grupos están codificadas legalmente en algunos países, tal es el caso de las leyes de protección al consumidor, seguridad e higiene en el trabajo o protección ambiental.
De la misma forma en que una empresa puede causar daños a muchos individuos, también tiene la capacidad de beneficiarlos y de tal capacidad surge su obligación. Posiblemente, la obligación de beneficencia más clara, por su larga tradición, es la que tienen los directivos de las empresas como agentes fiduciarios con los accionistas.
Dado que las empresas no operan en el vacío y son parte integral de la sociedad, tienen la misma obligación que cualquier ciudadano de hacer el bien a otros. Estas obligaciones van desde hacer productos seguros, hasta cumplir con las obligaciones contractuales que contraiga. Incluye, además, envolverse en actividades que promuevan una mejor calidad de vida para la comunidad circundante y la sociedad en general. De hecho, es este principio de bioética el que en su descripción tiene gran parecido con la concepción de responsabilidad social ya discutida.
Uno de los grandes retos de la humanidad es distribuir los beneficios y las cargas entre todos sus constituyentes. Las empresas poseen y manejan recursos diversos, por lo que su distribución debe ser justa. En las relaciones laborales no debería haber discriminación en el reclutamiento o promoción del personal contra diversos grupos (como históricamente ha ocurrido contra las mujeres y los homosexuales), pero sí debería haber discriminación para proteger a los menores. La paga por igual trabajo debería ser la misma en cualquier lugar porque de otro modo se están beneficiando los consumidores de un país a expensa de la imposición de cargas mayores a los empleados de otro país.
El lucro desmedido, la contaminación ambiental y la competencia desleal son algunos conflictos éticos en el área de los negocios que podrían ser analizados a la luz del principio de justicia.

Resultados y conclusión
La investigación que aquí se reseña contó con la participación de 175 estudiantes de Contaduría y Administración. Poco más de una tercera parte (38%) son varones, mayoritariamente (77%) de pregrado y menores de 25 años (82%). Más de la mitad estudia Contabilidad (34%), Finanzas (20%) o Mercadeo (10%). Más de la mitad ha tomado un curso de ética empresarial (30%) o lo estaba tomando en el momento en que contestó la encuesta (31%).
En términos generales, los resultados sugieren que los participantes perciben como más importantes las obligaciones sociales de la empresa por encima de las obligaciones legales o económicas. Sin embargo, en los resultados de la importancia de las funciones de los directivos, la más importante es el cumplimiento legal, y luego operar de forma ética, cumplir con las metas económicas y resolver problemas sociales. Esto revela un claro desfase entre lo que los participantes (jóvenes en su mayoría) perciben como los objetivos de las empresas y los de los ejecutivos que las dirigen.

En los estudiantes, los conceptos de RSE no se convierten en valores personales
muy arraigados como para contrarrestar valores corporativos contrarios»

Este estudio avanzó un paso más al medir la orientación hacia cada una de las dimensiones del modelo de Carroll, que incluye las responsabilidades en lo económico, legal, ético y discrecional. Los participantes parecen estar más orientados a la función legal, luego a la discrecional seguida de la dimensión ética y, por último, a la económica. En todas las dimensiones el razonamiento bioético está presente y los participantes le otorgan una gran importancia.
Se puede concluir que los participantes reconocen las diversas obligaciones de la empresa ante diversos grupos en particular y con la sociedad en general. No obstante, ello no implica necesariamente que estén orientados a contribuir al desarrollo de estrategias de RSE en su futura carrera profesional. Tampoco están orientados a las metas económicas y a la maximización de la ganancia de los accionistas, como plantea la visión tradicional de las empresas. Más bien, están enfocados prioritariamente al cumplimiento legal, seguido de los aspectos éticos y sociales (discrecionales) y, por último, el desempeño económico.

Sin embargo, los participantes parecen definir el éxito de las empresas en términos primordialmente económicos en contraposición de la sensibilidad ética y social con la que parecen definir a las empresas socialmente responsables. Esto implica que si los participantes no están orientados hacia las metas económicas, tampoco están orientados hacia hacer exitosas las empresas que dirijan en un futuro. Una inferencia razonable de estos resultados es que los participantes parecen resolver la tensión que les causa el éxito económico, por un lado, y tener una conducta ética y sensible socialmente, usando el marco legal como un referente con el cual justificar sus acciones y las de las empresas.
Cuando se analizaron los resultados comparando a los estudiantes de pregrado con los de posgrado, se encontró que los primeros reconocen la dimensión social de las empresas más que los segundos: la diferencia en experiencia laboral impacta la forma en que ambos grupos enfrentan los conflictos éticos. Esa conclusión no nos debe sorprender; lo que sí es importante tener muy presente es que las organizaciones están compuestas de generaciones diferentes que habrán de interactuar en el proceso de toma de decisiones y apreciación de las acciones que les
corresponde a las empresas tomar. Esto podría implicar que en “el mundo real” las empresas siguen teniendo como objetivo principal la maximización de ganancia, ocupando la función social un lugar menos importante, por lo que los egresados ajustan su visión a la de la empresa en la que laboran.
En la misma línea, los estudiantes de pregrado utilizan más los principios bioéticos que los de posgrado para analizar las funciones y el comportamiento deseable de las empresas al igual que sus responsabilidades como directivos. Si suponemos que ninguno de los grupos ha estado expuesto al estudio formal de la bioética y que su utilización es más bien intuitiva, se puede concluir que en el ambiente laboral los valores personales quedan supeditados a los valores corporativos.
Tomados en conjunto, los resultados sugieren que los futuros directivos de empresas no están comprometidos ni con las metas económicas de la organización ni con utilizar los recursos de la empresa para responder a las necesidades diversos actores sociales. Parecen utilizar el marco normativo como un referente neutral en el que se opera en un punto medio y todas las partes satisfechas. Reflejan una visión en la que el mundo de los negocios es un juego, sin objetivos precisos, pero con reglas claras. Por lo tanto, el único objetivo es permanecer en el juego simplemente siguiendo las reglas establecidas.
Esto implica un gran reto para las escuelas de negocios donde se supone que se formen para ejercer sus profesiones. Parece ser que la exposición de los estudiantes al tema de la RSE está siendo efectiva en la transmisión de conceptos teóricos. No obstante, las diferencias entre estudiantes subgraduados y graduados sugieren que tales conceptos no se convierten en valores personales lo suficientemente arraigados como para contrarrestar valores corporativos contrarios. Por tal razón, en vez de ser líderes y agentes de cambio, los egresados se convierten en seguidores de una cultura corroborativa tradicional.
Es necesario que las escuelas expongan a los estudiantes no sólo a todas las corrientes de pensamiento moral, sino también a experiencias que les permitan apropiarse e internalizar tales justificaciones éticas. La inclusión del estudio de la bioética podría enriquecer el currículo de las escuelas de negocios, añadiendo una herramienta adicional para desarrollar la responsabilidad social de las empresas.
En conclusión, se determinó que los principios bioéticos tienen relevancia en la definición de lo que constituye una empresa, y que el razonamiento bioético está presente en las cuatro dimensiones de ésta, según las plantea Carroll. Se encontró que el éxito de las empresas se define principalmente por variables económicas y las socialmente responsables por su sensibilidad social y ética. Los principios bioéticos resultaron más importantes para definir las empresas socialmente responsables que las exitosas.
Dada la complejidad de los conflictos éticos de estos tiempos, es necesario continuar haciendo estudios multidisciplinarios que provean nuevas y variadas perspectivas para mejorar la formación de los futuros directivos y empresarios. Por lo presente, es importante actuar para integrar el estudio de la bioética al currículo de las escuelas de negocios, particularmente a la preparación de Contadores.

Artículo escrito por:

- quien ha escrito 958 artículos en la Revista Contaduría Pública : IMCP.


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